lunes 26 de septiembre de 2011

~ Extremum Folii Tempus

Está todo recogido, todas las fotos, todas las cosas buenas.
Haciendo recuento, apenas hay bulto, y de lo que abulta
la mayoría son malos intentos de poemas que quedaron sueltos
o ya nacieron sin gloria ni pena.
Malas lenguas; malos versos,
y la gran mayoría de aún más y más malos recuerdos.
He dormido por ya demasiado sobre laureles, con grandes ideas.
Pero es ya hora de darle su fin, justo y merecido
aun cuando de lo que duele, gran putada, no me olvido.

Mi pobre María, no sé por qué no Callas,
aun cuando te quedas sola, por siempre cantando a tu madre
y nadie más que yo, en todos estos años de obra constante
admirando tu espléndido arte y tu grandiosa valía.
Enaltece mi ida, y vigila los postigos que lindan con el mundo;
nadie querrá entrar, pero si alguien se atreve
que se le dé la bienvenida; igual Ella vuelve y si lo fuera, dile
que si lo quiere de verdad, de verdad que igual me encuentra.

Cierro. Se escuchan las arias fantasmales. Me vuelvo.
Camino. Se mecen las hojas otoñales. Me rindo.
Paro. Se ven las estatuas de Bécquer. Me siento.
Pienso. Se ha llegado al fin de una vida. El epílogo.

Soy un lobo estúpido y perdido, sin luna a la que aullar.
Me guían las mariposas negras y verdes, sin saber dónde parar.
Soy señor de las bestias. Amante de seres sin alma.
Y de estúpido y cruel, cabrón, zafio y traicionero, muero.
Mientras vuelvo la hoja de papel, mientras froto la hoja de acero.
Lluvia de tinta, río de sangre. Amor canino y caníbal.
No es un acto cobarde, es una novela no escrita.
Como última imagen, el negro pelaje de una bestia sin alma.
Mi bestia innoble. Mi mejor amigo, y una lágrima.

Te quiero Lécter.

jueves 2 de junio de 2011

In hac Vigilia Vinculi

Fuego, vivo y azul de latón,
una carta sobre la mesa
con la misma cantinela
pa’ quien la lea.
Vaivén, correveidile y vetes y diretes;
¿quién es toda esta gente?
Al menos tengo mi café.
No es de día, pero hay un Sol,
Astro Rey en mi vida;
tampoco es de noche, pero es igual
porque me siento igualmente solo.
Ocho bordado en su espalda;
cartera negra y de cuero;
tabaco y cerveza.
Más negro, pero a ésta no le quito ojo,
y aunque no sonriera daría también igual,
al menos sabe cuándo coño
entro a beber.
¡Esto es más fácil de lo que pensaba!
Observa un ejemplo claro:

lampas
lampadós, “antorcha”,
lámparas rojas con desayuno
y parqué; mesitas redondas de la mano
de un ballet de sillas cojas.
Los parques están ardiendo altos
y música de cuerdas azules por lo bajo.
Azules no son sus ojos, tampoco verdes.
Pero qué poco importa, cuando tan pensativo
me tienen.
Blanco y rayas negras dejando
un asiento vacío a la diestra, testigos
de toros de sangre, arrugados,
y su carmín en el vaso bien puesto.
Qué fácil es hablar de lo que tengo por delante,
bizco o no bizco, me la suda,
es embriagador el placer que me invade.

Ni caso, esto no es para mí,
¡le lloro a una foto!
Y añoro tus manos, las que
se me escapan.
Tanto y tan poco, no consigo
por más que intento,
escribirte una tú muy tuya
mismamente para mí.
Ni a tu escaso recuerdo
tan deshilachado y
ya tan vacuo
logro hacerle foco.
Ni las tres noches ni Dios,
ni escuchando bellos mares
de latín, ni aria suya que valga,
por mucho que joda,
no me saben tampoco.
Dolor, duelo; sangre y fuego
ni con un vasto beso.
Ni con tu Casta Diva, por más que
te haga de Celestina,
¡me diga lo que quiera!
Que si tú eres amor, o Divina
yo soy tu olvido.
Si bajas a Tierra a hacerme
un Cielo
y susurrarme que me quieres,
yo echo sal al suelo y te digo
que te adoro,
pero que somos espectadores
de otro concierto,
que nací yo en el Infierno,
y a todo el que se me acerque
le hago daño en el alma, y al corazón
le causo serios ardores.
No me leas ni pienses mal,
pero no puedo querer una caricia
y llevarme un hostión;
esto tiene más de arena
que de cal (¿o era al revés?).
Da igual, poco importa
si no le buscas al gato tres pies
(que tiene patas, ¿eh?).
Te lo juro por estas flores mustias
sobre las que escribo,
que lo único que digo es
que soy mejor amigo
que fuente de respuestas.
Y por esta noche no habrá
más velas y madrugares
ni incienso
ni grandes pesares.
No, aunque se acueste todo
en el polvo;
no, aunque me duela.

miércoles 18 de mayo de 2011

Ignisque sanguis, dŏlusque Sol

Ignisque Sanguis

Rota la piel, próxima la ruina
convierte en ceniza, quema la rima
y consume el papel.
Azota de dolor, siega la carne y ya
muertos el nervio y la vergüenza,
respira a bocanadas el Fuego
y otorga la Vida eterna.
Brota la Sangre de viejas heridas,
que confluyen;
por sus labios sedientos derrama
pasiones a ojos (no) vistas,
y tiñe sus lunas de caoba
y esmeralda.

Dŏlusque Sol

Sensible, oyente e intranquila,
breves locuras y dolientes palabras
la afligen por la pena, la rabia
e impugna en su Duelo
un dulce deseo en una senda
de la amargura.
Arde, arrebata y otorga vida,
fluye constante por aguas negras
y por medio mundo es a la vez
consagrada y recibida.
Árida en eterno desvelo
sin descanso pleno
de noche alguna;
como el Sol, siempre vigía,
eclipsando en un gesto breve
hasta a la misma Luna.

martes 26 de abril de 2011

Alexa, illa flos neminis

Hubo una vez un humilde brote de una flor;
suave y cálido como el pálpito de una mujer,
inocente y nimio como una niña que sonríe:
el más tímido de sus afines,
la más asustadiza en su propia morada.
Éste brote era terco y obstinado,
tal que nunca desearía ser una flor liberada
del
cautiverio de su capullo,
nunca
, al menos, a plena luz del día.

Amortajada en total oscuridad,
la flor en ciernes raramente florecía,
tan rara vez que la niña sonriente
podría flaquear
,
tal así que quedaría marchita y, finalmente,
tal así que perecería
.
Para que una flor brotara y expusiera
sus dotes al mundo,
necesitaría
de un nuevo hogar en que crecer,
nueva madre y nueva luz,
una luna llena y su fulgurante virtud,
una nueva meta y un nuevo rumbo.

Estaba entonces la Luna
de sedosas nubes investida,
a la vez que estaba preparada
la flor en ciernes para ser bautizada.
De quedar libre de su presidio
pudiera quizá tener razones
para nunca más volver
a estar
errónea, inciertamente encubierta,
ignota y atrapada.

En cuanto el brote fue asido
de sombras y blanco,
nació en su cuna de flores
de colores, y su marcha dio comienzo.
Hubo sido un jazmín,
flor en la noche nacida;
un regalo de Dios temerosa
de la noche ya nunca más.
Sus pétalos se contaron por nueve,
todos de amarillo cuidadosamente
entretejidos de los más dulces perfumes
reunidos en la madrugada.
El viento llevó, del jazmín, las riendas,
la llevó en volandas más allá
de donde la vista alcanzaba, y voló.
Ya dónde está, o dónde deambula,
dónde nada entre los cielos
o dónde deriva con sus ambarinas alas
está más que desconocido
.

El único, aun incierto, indicio de su paradero,
pregúntese donde se pregunte
y búsquese donde se busque,
es un
susurro tímido, silencioso
en forma de nombre de niña.
Y su
nombre es concebido
como Alexa.

lunes 18 de abril de 2011

Tempus fugit

Time elapsing, time erasing
whichever being dreamed and loved
it turns into dust and wastes.
What was young and bright,
soft and warm
tender and gentle.
Years after tragical ending
the skin drying as if, through ages,
never tasted blood, never it met Hope.

Time collapsing, time defeating
whenever her hands were stroked,
wherever her chin was lifted.
Fingers becoming bones, smiles into wails;
kisses rose
from bitter rose petals.
Shades mourned,
her perfume lingered close
though she returned never.

Time killing, time set anew
however it was written
to never mean to be.
Time forgetting, time condemned
love to death being sentenced
and love for only a few.


tempus fugit.jpg

miércoles 6 de abril de 2011

Candida mortis Cupiditas (Blanco anhelo de muerte)

Halléme una vez con una joven vestida de invierno.
A su alrededor, se helaba hasta el frío
siempre a su alrededor y nevaba,
allá por donde anduviera, siempre, la hija de los cristales de agua.

Preguntéle por su rumbo, y ella se zafó en el silencio,
da igual cuánto la insistiera: de silencio y tristeza
ella se armaba.
Allá por donde fuera, por todo el mundo enlutada.

Por días fui su compañero, extrañado,
ansioso, por quebrar su mudo velo.
La alimentaba del sonido de mi voz, insistiéndole en su nombre
y a tiempos resguardándome de su helado castigo,
tratando de paliar su mórbido silencio,
con palabras de las que nunca fue testigo.

Así, halléle uno de estos días un remedio a su férreo tormento:
ella me contaría a qué su amarga pena, no con versos sino
con un puñado de notas musicales,
con unos sencillos cantos de ella.

Por un breve tiempo, aun sólo uno, al sugerirlo
y en medio de las más furiosas e hirientes nevadas
parecióme distinguirle un esbozo de risa,
una risa al son de sus deseos.
Y sus deseos entraron a escena.

La hija de invierno alzó la vista, alterando la fría estampa de su alrededor.

La Nieve, bajo su atenta mirada, fue despojada de su nombre y casa,
perdiendo el cuerpo que mostraba pomposa,
cayendo al deshielo, al suelo y
a la faz de la hija de los cristales de agua.

Riadas punzantes se deslizaron por sus mejillas,
haciéndole de lágrimas amargas
haciéndola una pobre niña desterrada.
Entonó un glorioso y lastimero canto
con su resquebrajada garganta.

Acompañada de almas como ella ya por largo tiempo olvidadas
que surgieron,
hacían de este trémulo canto un coro, ella su corifeo y los otros
testigos de la tragedia.
Sin mediar ella nada más que ritmo y música, fueron las tristes ánimas
sus confesores.

Una vez, cada cientos de años, nace del Invierno y la Lluvia
una joya maldita, de nieve y penurias
una rosa fuerte y marchita, de agua y sangre.

Y ésta comparte con sus hermanas centenarias
unas hermosas pero condenadas
blancura y pureza, libertad y tristeza.

Y es que son tan fuertes, y tan peligrosas son
que si sonríen, enamoran y matan,
que si lloran, entristecen y apagan la vida.
Y es que son tan hermosas, y tan insidiosas son
que si se enamoran, olvidan y sonríen
que si se despechan, recuerdan y traicionan.

Es por esto que las destierran de sus hogares y
fuera, hielan los caminos, como están del corazón
vagando perdidas sin tener para la vida
atisbo alguno de razón, muriendo en completo
abandono y soledad.

Olvidando lo que es el calor, del calor se despojan
y nieva siempre allá por donde caminan,
olvidando lo que es la risa, se despojan de la risa
y nunca así morirán por su belleza.

Acabando así la historia y así su canto,
desvaneciéndose sus difuntas hermanas,
acerquéme a ella y le sostuve las manos y
díle una bocanada de cálido aliento.

Con las manos entumecidas y azules,
presioné con fuerza prófuga de mis brazos,
y logré dibujarle un tenue rubor, a trazos
en sus frías mejillas.

La miré y no medié mayor palabra
que el del viento al soplar
que el del agua al caer.
Acepté y compartí su condena,
de silencio eterno,
de amarga veda.
Aun cuando sólo ella fuera hermosa
jamás yo hablaría, si ella no hablaba,
jamás reiría ni jamás una lágrima.

Con los años, me fui marchitando mucho antes que ella;
con los años cumplí la promesa de nunca hablar y sólo
caminar y caminar.
Muy al final, cuando abrazaba la muerte mucho antes que ella;
muy al final, en sus brazos fríos y en mis muertas manos
me mostró su tierna sonrisa y
aliviada, yo le mostré la mía.
Deslumbrante albor entre sus labios, sentí
cómo la muerte vencía,
cómo con verla bastaba.
Exhalando mi último suspiro me había rendido.

Morí recordándole a la hija vestida de invierno
lo que es la vida,
lo que es el cariño.
Morí recordándoselo a la hija
de los cristales de agua.