Halléme una vez con una joven vestida de invierno.
A su alrededor, se helaba hasta el frío
siempre a su alrededor y nevaba,
allá por donde anduviera, siempre, la hija de los cristales de agua.
Preguntéle por su rumbo, y ella se zafó en el silencio,
da igual cuánto la insistiera: de silencio y tristeza
ella se armaba.
Allá por donde fuera, por todo el mundo enlutada.
Por días fui su compañero, extrañado,
ansioso, por quebrar su mudo velo.
La alimentaba del sonido de mi voz, insistiéndole en su nombre
y a tiempos resguardándome de su helado castigo,
tratando de paliar su mórbido silencio,
con palabras de las que nunca fue testigo.
Así, halléle uno de estos días un remedio a su férreo tormento:
ella me contaría a qué su amarga pena, no con versos sino
con un puñado de notas musicales,
con unos sencillos cantos de ella.
Por un breve tiempo, aun sólo uno, al sugerirlo
y en medio de las más furiosas e hirientes nevadas
parecióme distinguirle un esbozo de risa,
una risa al son de sus deseos.
Y sus deseos entraron a escena.
La hija de invierno alzó la vista, alterando la fría estampa de su alrededor.
La Nieve, bajo su atenta mirada, fue despojada de su nombre y casa,
perdiendo el cuerpo que mostraba pomposa,
cayendo al deshielo, al suelo y
a la faz de la hija de los cristales de agua.
Riadas punzantes se deslizaron por sus mejillas,
haciéndole de lágrimas amargas
haciéndola una pobre niña desterrada.
Entonó un glorioso y lastimero canto
con su resquebrajada garganta.
Acompañada de almas como ella ya por largo tiempo olvidadas
que surgieron,
hacían de este trémulo canto un coro, ella su corifeo y los otros
testigos de la tragedia.
Sin mediar ella nada más que ritmo y música, fueron las tristes ánimas
sus confesores.
Una vez, cada cientos de años, nace del Invierno y la Lluvia
una joya maldita, de nieve y penurias
una rosa fuerte y marchita, de agua y sangre.
Y ésta comparte con sus hermanas centenarias
unas hermosas pero condenadas
blancura y pureza, libertad y tristeza.
Y es que son tan fuertes, y tan peligrosas son
que si sonríen, enamoran y matan,
que si lloran, entristecen y apagan la vida.
Y es que son tan hermosas, y tan insidiosas son
que si se enamoran, olvidan y sonríen
que si se despechan, recuerdan y traicionan.
Es por esto que las destierran de sus hogares y
fuera, hielan los caminos, como están del corazón
vagando perdidas sin tener para la vida
atisbo alguno de razón, muriendo en completo
abandono y soledad.
Olvidando lo que es el calor, del calor se despojan
y nieva siempre allá por donde caminan,
olvidando lo que es la risa, se despojan de la risa
y nunca así morirán por su belleza.
Acabando así la historia y así su canto,
desvaneciéndose sus difuntas hermanas,
acerquéme a ella y le sostuve las manos y
díle una bocanada de cálido aliento.
Con las manos entumecidas y azules,
presioné con fuerza prófuga de mis brazos,
y logré dibujarle un tenue rubor, a trazos
en sus frías mejillas.
La miré y no medié mayor palabra
que el del viento al soplar
que el del agua al caer.
Acepté y compartí su condena,
de silencio eterno,
de amarga veda.
Aun cuando sólo ella fuera hermosa
jamás yo hablaría, si ella no hablaba,
jamás reiría ni jamás una lágrima.
Con los años, me fui marchitando mucho antes que ella;
con los años cumplí la promesa de nunca hablar y sólo
caminar y caminar.
Muy al final, cuando abrazaba la muerte mucho antes que ella;
muy al final, en sus brazos fríos y en mis muertas manos
me mostró su tierna sonrisa y
aliviada, yo le mostré la mía.
Deslumbrante albor entre sus labios, sentí
cómo la muerte vencía,
cómo con verla bastaba.
Exhalando mi último suspiro me había rendido.
Morí recordándole a la hija vestida de invierno
lo que es la vida,
lo que es el cariño.
Morí recordándoselo a la hija
de los cristales de agua.